viernes, 24 de marzo de 2017

Final

Fin y allí estaba aún ¿Habría alguien más? La gran pregunta. Esta vez no temía la respuesta.
- ¡Ojalá no haya nadie más! - se decía a sí mismo - Si fuera, realmente, el último ser humano... aquí acabaría todo, definitivamente. Viviré el tiempo que me quede con la tranquilidad de quien no tiene nada más que perder... ni ganar.
Salió del refugio, que había sido diseñado por él mismo para sobrevivir de verdad, no como el resto de los construidos, que no pasaron de ser insignificantes zulos que mantuvieron en relativa calma a la población. Pero eso sólo lo supieron él y su equipo, de los que se «encargó» unos días antes del Día F. Cogió víveres para un par de días, ya volvería con algún medio para transportar todo. La luz le cegó. No consiguió ver más allá del polvo. No tenía miedo.
Trató de imaginar el camino a su casa bajo las dunas, ¿dónde, si no, debería dirigirse? Su casa estuvo emplazada en la parte más alta de la ciudad, si no conseguía encontrarla no encontraría ninguna otra edificación en la que continuar su existencia, por breve que fuera.
Caminó durante una hora, eterna, por el nuevo desierto. Cada pocos metros se hundía hasta las rodillas o la cintura, temiendo caer en un pozo de arena y escombros, enfrentándose a una muerte que no había temido, aunque la hubiera deseado en más de una ocasión y tenido tan cerca.
Casi se decepcionó al comprobar que todo había funcionado según el plan, no estaba muerto y los demás eran cenizas. Pero así es como debía ser. No necesitaba a nadie igual que a él dejaron de necesitarlo. Eran ellos los que debían desaparecer, aunque siempre había creído que ocurriría a la inversa.
Llegó, por fin, al pelado monte y vio los muros, antes blancos, ahora de un marrón verdoso indefinido. Todo seguía como lo dejó. Increíble, incluso sabiéndolo.
La hecatombe. Un refugio . Un superviviente. Él, que había deseado desaparecer pero nunca se sintió tan cobarde ni rendido para hacerlo. Él, solo.
No quería formar parte de una sociedad hipócrita, de una familia rota ni tener más relaciones inconfesables. Se sentía decepcionado por el Ser Humano, descreído, desarraigado.
Y ahora lo había conseguido. Sin tener que quitarse de en medio estaba en la más absoluta soledad, tan deseada e imposible de conseguir en otras circunstancias.
Entró en su casa, colocó los víveres en la nevera y cogió su portátil. Sí, todo seguía funcionando.
La pantalla de inicio de Windows hizo amago de pantallazo azul, pero recuperó y se inició normalmente. El mensaje de bienvenida le saludó sobre el fondo de pantalla de un T1000 y un ardor indescriptible le inundó el cuero cabelludo subiendo toda la sangre de su cuerpo a sus mejillas lánguidas. No era su bienvenida habitual. Alguien le estaba llevando de nuevo al oscuro, y ahora terrorífico, momento de la decepción:
BIENVENIDO A LA JUDESCA, NOVENO CÍRCULO DEL INFIERNO.
El suelo se resquebrajó bajo sus pies y cayó al abismo