PASSERsbyPARTE I: El Chico
Se sentía muy aturdido. Había despertado con un fuerte dolor de cabeza que le hacía hervir el cerebro y tenía la sensación de que éste le empujaba los ojos hacia afuera para poder escapar de la olla a presión que sentía por cráneo.
Tumbado en algún sitio que no lograba recordar, no se atrevía a ponerse de pie y apenas entreveía una luz difusa por encima de su cabeza. Decidió intentar dormir un rato más y dejar pasar la resaca con la mayor relajación posible.
¡Plink, pom, pom, plonk, plonk!
No, era imposible dormir. El martilleo inconstante de algún tipo de herramienta manual le estaba taladrando los tímpanos.
- ¿Qué coño es eso a estas horas en un día festivo? - gruñó en voz alta.
Aunque a decir verdad no tenía idea de qué hora era y no estaba seguro de si seguía siendo el día festivo que, suponía, debería ser.
Cerró los ojos y enroscó la almohada a su cabeza apretándola contra sus orejas.
¡Plonk, plonpom, pom, plonk!
Nada, era imposible atenuar el ruido, así que, haciendo un sobreesfuerzo que le costó palpitaciones en la sien, se levantó, buscó a tientas la cuerda de la persiana y la abrió medio palmo a la vez que apretaba los ojos por el dolor al contraerse sus pupilas con el aumento de luz repentino.
Echó un vistazo alrededor de la habitación para situarse y recordar dónde había ido a caer, borracho de mezcal. No reconocía la habitación. La cama bajo la ventana, sin cortinas, un sinfonier, armario con una sola puerta, un biombo ocultando el rincón de su derecha y, justo al lado, lo que parecía el único acceso a la habitación: una puerta de madera, sin cerradura ni picaporte, se inquietó pensando cómo salir, pero antes tenía que ubicarse mentalmente y recordar cómo llegó hasta aquel antro.
Miró por la ventana, era un piso bajo, a pie de calle pero no había ni edificios ni gente, sólo un campo de piedras, hierba y nopal. Su inquietud aumentaba por momentos así como disminuía la posibilidad de reconocer dónde estaba.
Intentó recorrer mentalmente sus recuerdos. Había decidido pasar los últimos 10 días de vacaciones que le quedaban visitando restos arqueológicos. Viendo la oferta turística se decidió por Teotihuacan, eran buenas fechas para visitar la Ciudad de los Dioses y celebrar la festividad de El Día de los Muertos, los que habían partido hacia el Mictlan.
Su llegada a México, instalarse en el Hotel, la primera noche, salida a desayunar por el mercadillo seguían siendo recuerdos lúcidos, a partir de ahí empezaban a emborronarse... ¿Qué desayunó? Sólo ingirió mezcal y más mezcal. ¿Por qué bebió sin control, él, que apenas bebía alguna cerveza los fines de semana? Seguía sin aclarar nada y sólo le servía para confundirse más. Decidió darse una ducha y salir de allí, si podía...
Miró detrás del biombo: un váter y un lavabo. Desde luego no podía ser más cutre. Se lavó en el lavabo y se secó con las sábanas amarillentas en las que había dormido, a falta de toallas.
Café, necesitaba café, pero era difícil que se lo llevara el servicio de habitaciones, suponía. Se acercó a examinar la puerta, de alguna manera se tendría que abrir. Entró por alguna parte...
¡La ventana! Retiró la cama y abrió la persiana hasta arriba. No había cristal. Extrañado, sacó la cabeza, asomándose con precaución, y sintió como un golpe de acero frío resquebrajaba su pecho.
PARTE II: El Grupo y el secuestro
Todo el Grupo estaba expectante con la Gran Celebración. Este año sería diferente, harían realidad lo que otros años representaban en una actuación para turistas hastiados por la monotonía de sus trabajos y llegaban allí buscando exotismo y, para qué negar, algo de entretenimiento macabro.
Eligieron al primer viajero, en el intervalo de edad necesario, que llegó solo y le siguieron hasta su hotel. En cuánto salió por la mañana le abordó la más joven del grupo, Nochipa, 20 años de ojos avellana, piel de albaricoque y labios como fresones. El chico se resistió por poco tiempo, acababa de llegar y era su primera salida, quería echar un vistazo antes de flirtear, pero esta muchacha tenía algo hipnótico y la siguió sin hacerse rogar demasiado. Fue tan sencillo que aceptase que llegaron a pensar si no sería un infiltrado de la Policía Internacional.
Ya estaba la caseta preparada, la habitación interior y la pantalla gigante frente a la ventana, indistinguible de un campo de nopales reales si te despiertas con resaca de peyote y mezcal. Temieron despertar al Chico con tanto martilleo durante el montaje, pero los efectos de la mezcla que ingirió duraron lo suficiente para dejarles terminar. Un resorte bajo la ventana, que saltaría en cuanto el sensor de movimiento se activara, liberaría la afilada hoja de acero y...
Un innovador sacrificio, el primero de la serie de secuestros acontecida, calmaría la sed de Huitzilopotchli, dios de la guerra. La batalla había comenzado y tendrían, por fin, su beneplácito.