sábado, 11 de noviembre de 2017

Vacaciones al Mictlan

PASSERsbyPARTE I: El Chico

Se sentía muy aturdido. Había despertado con un fuerte dolor de cabeza que le hacía hervir el cerebro y tenía la sensación de que éste le empujaba los ojos hacia afuera  para poder escapar de la olla a presión que sentía por cráneo.
Tumbado en algún sitio que no lograba recordar, no se atrevía a ponerse de pie y apenas entreveía una luz difusa por encima de su cabeza. Decidió intentar dormir un rato más y dejar pasar la resaca con la mayor relajación posible.
¡Plink, pom, pom, plonk, plonk!
No, era imposible dormir. El martilleo inconstante de algún tipo de herramienta manual le estaba taladrando los tímpanos.
- ¿Qué coño es eso a estas horas en un día festivo? - gruñó en voz alta.
Aunque a decir verdad no tenía idea de qué hora era y no estaba seguro de si seguía siendo el día festivo que, suponía, debería ser.
Cerró los ojos y enroscó la almohada a su cabeza apretándola contra sus orejas.
¡Plonk, plonpom, pom, plonk!
Nada, era imposible atenuar el ruido, así que, haciendo un sobreesfuerzo que le costó palpitaciones en la sien, se levantó, buscó a tientas la cuerda de la persiana y la abrió medio palmo a la vez que apretaba los ojos por el dolor al contraerse sus pupilas con el aumento de luz repentino.
Echó un vistazo alrededor de la habitación para situarse y recordar dónde había ido a caer, borracho de mezcal. No reconocía la habitación. La cama bajo la ventana, sin cortinas, un sinfonier, armario con una sola puerta, un biombo ocultando el rincón de su derecha y, justo al lado, lo que parecía el único acceso a la habitación: una puerta de madera, sin cerradura ni picaporte, se inquietó pensando cómo salir, pero antes tenía que ubicarse mentalmente y recordar cómo llegó hasta aquel antro.
Miró por la ventana, era un piso bajo, a pie de calle pero no había ni edificios ni gente, sólo un campo de piedras, hierba y nopal. Su inquietud aumentaba por momentos así como disminuía la posibilidad de reconocer dónde estaba.
Intentó recorrer mentalmente sus recuerdos. Había decidido pasar los últimos 10 días de vacaciones que le quedaban visitando restos arqueológicos. Viendo la oferta turística se decidió por Teotihuacan, eran buenas fechas para visitar la Ciudad de los Dioses y celebrar la festividad de El Día de los Muertos, los que habían partido hacia el Mictlan.
Su llegada a México, instalarse en el Hotel, la primera noche, salida a desayunar por el mercadillo seguían siendo recuerdos lúcidos, a partir de ahí empezaban a emborronarse... ¿Qué desayunó? Sólo ingirió mezcal y más mezcal. ¿Por qué bebió sin control, él, que apenas bebía alguna cerveza los fines de semana? Seguía sin aclarar nada y sólo le servía para confundirse más. Decidió darse una ducha y salir de allí, si podía...
Miró detrás del biombo: un váter y un lavabo. Desde luego no podía ser más cutre. Se lavó en el lavabo y se secó con las sábanas amarillentas en las que había dormido, a falta de toallas.
Café, necesitaba café, pero era difícil que se lo llevara el servicio de habitaciones, suponía. Se acercó a examinar la puerta, de alguna manera se tendría que abrir. Entró por alguna parte...
¡La ventana! Retiró la cama y abrió la persiana hasta arriba. No había cristal. Extrañado, sacó la cabeza, asomándose con precaución, y sintió como un golpe de acero frío resquebrajaba su pecho.

PARTE II:  El Grupo y el secuestro

Todo el Grupo estaba expectante con la Gran Celebración. Este año sería diferente, harían realidad lo que otros años representaban en una actuación para turistas hastiados por la monotonía de sus trabajos y llegaban allí buscando exotismo y, para qué negar, algo de entretenimiento macabro.
Eligieron al primer viajero, en el intervalo de edad necesario, que llegó solo y le siguieron hasta su hotel. En cuánto salió por la mañana le abordó la más joven del grupo, Nochipa, 20 años de ojos avellana, piel de albaricoque y labios como fresones. El chico se resistió por poco tiempo, acababa de llegar y era su primera salida, quería echar un vistazo antes de flirtear, pero esta muchacha tenía algo hipnótico y la siguió sin hacerse rogar demasiado. Fue tan sencillo que aceptase que llegaron a pensar si no sería un infiltrado de la Policía Internacional.
Ya estaba la caseta preparada, la habitación interior y la pantalla gigante frente a la ventana, indistinguible de un campo de nopales reales si te despiertas con resaca de peyote y mezcal. Temieron despertar al Chico con tanto martilleo durante el montaje, pero los efectos de la mezcla que ingirió duraron lo suficiente para dejarles terminar. Un resorte bajo la ventana, que saltaría en cuanto el sensor de movimiento se activara, liberaría la afilada hoja de acero y...
Un innovador sacrificio, el primero de la serie de secuestros acontecida, calmaría la sed de Huitzilopotchli, dios de la guerra. La batalla había comenzado y tendrían, por fin, su beneplácito.

lunes, 15 de mayo de 2017

Demasiado cerca

“DEMASIADO CERCA” @ANASAYEK https://medium.com/@anagrimes/demasiado-cerca-9f045ada93e1

viernes, 24 de marzo de 2017

Final

Fin y allí estaba aún ¿Habría alguien más? La gran pregunta. Esta vez no temía la respuesta.
- ¡Ojalá no haya nadie más! - se decía a sí mismo - Si fuera, realmente, el último ser humano... aquí acabaría todo, definitivamente. Viviré el tiempo que me quede con la tranquilidad de quien no tiene nada más que perder... ni ganar.
Salió del refugio, que había sido diseñado por él mismo para sobrevivir de verdad, no como el resto de los construidos, que no pasaron de ser insignificantes zulos que mantuvieron en relativa calma a la población. Pero eso sólo lo supieron él y su equipo, de los que se «encargó» unos días antes del Día F. Cogió víveres para un par de días, ya volvería con algún medio para transportar todo. La luz le cegó. No consiguió ver más allá del polvo. No tenía miedo.
Trató de imaginar el camino a su casa bajo las dunas, ¿dónde, si no, debería dirigirse? Su casa estuvo emplazada en la parte más alta de la ciudad, si no conseguía encontrarla no encontraría ninguna otra edificación en la que continuar su existencia, por breve que fuera.
Caminó durante una hora, eterna, por el nuevo desierto. Cada pocos metros se hundía hasta las rodillas o la cintura, temiendo caer en un pozo de arena y escombros, enfrentándose a una muerte que no había temido, aunque la hubiera deseado en más de una ocasión y tenido tan cerca.
Casi se decepcionó al comprobar que todo había funcionado según el plan, no estaba muerto y los demás eran cenizas. Pero así es como debía ser. No necesitaba a nadie igual que a él dejaron de necesitarlo. Eran ellos los que debían desaparecer, aunque siempre había creído que ocurriría a la inversa.
Llegó, por fin, al pelado monte y vio los muros, antes blancos, ahora de un marrón verdoso indefinido. Todo seguía como lo dejó. Increíble, incluso sabiéndolo.
La hecatombe. Un refugio . Un superviviente. Él, que había deseado desaparecer pero nunca se sintió tan cobarde ni rendido para hacerlo. Él, solo.
No quería formar parte de una sociedad hipócrita, de una familia rota ni tener más relaciones inconfesables. Se sentía decepcionado por el Ser Humano, descreído, desarraigado.
Y ahora lo había conseguido. Sin tener que quitarse de en medio estaba en la más absoluta soledad, tan deseada e imposible de conseguir en otras circunstancias.
Entró en su casa, colocó los víveres en la nevera y cogió su portátil. Sí, todo seguía funcionando.
La pantalla de inicio de Windows hizo amago de pantallazo azul, pero recuperó y se inició normalmente. El mensaje de bienvenida le saludó sobre el fondo de pantalla de un T1000 y un ardor indescriptible le inundó el cuero cabelludo subiendo toda la sangre de su cuerpo a sus mejillas lánguidas. No era su bienvenida habitual. Alguien le estaba llevando de nuevo al oscuro, y ahora terrorífico, momento de la decepción:
BIENVENIDO A LA JUDESCA, NOVENO CÍRCULO DEL INFIERNO.
El suelo se resquebrajó bajo sus pies y cayó al abismo



martes, 6 de diciembre de 2016

Rastro

Repelente de piojos, piña, humo de autobús, playa, salitre, orégano, queso de cabra curado, un alcohólico, primavera, el metro, humo de encina, otoño...
Olores, recuerdos, sensaciones...
También se me cuela por la nariz un hombre sexy, no es guapo, sólo me pone cachonda. Tampoco es feo, no llama la atención, pero me «huele» bien. No es su perfume, ni siquiera lleva. No parece amable ni simpático, pero quiero follármelo. Quitarle la camisa y sumergir mi nariz en su pecho, peludo, espeso, aspirar ese olor que no huele, subirme encima, que me sobe, me muerda, y meterme su polla dura, hasta el fondo.
No sé si él siente lo mismo, no sé si percibe mi olor o tiene algo atrofiado y no siente el calentón que me hace sentir a mi. Pero si somos bioquímica y yo le huelo, ¿Por qué él no me huele? ¿Por qué la naturaleza nos contradice así? Si a mi me excita tanto y mis hormonas responden, ¿No deberían llegarle con más intensidad? No lo entiendo. Quizá le estén llegando a otro y esté pensando lo mismo de mi. No puedo pensar con racionalidad, sólo me guío por el instinto primario de apareamiento, y si no es correspondido es muy frustrante.
Cuando es recíproco también es salvaje y desenfrenado. Me gusta dejarme llevar por ese olor que no huele y, después de los orgasmos, no acordarme ni del nombre, si es que me lo dijeron. ¿Qué importa el nombre en un encuentro fugaz?

Es curioso que, durante la crianza de mis hijos, no me llegó ese «olor inodoro» de ningún hombre. La naturaleza es sabia. Pero ahora, de nuevo, en cada ovulación se me agudizan los receptores y es mejor que evite conversación con alguien del sexo opuesto, por si acaso... Siempre he sido fiel, a pesar de mis instintos y la conciencia de ellos. Por respeto a quien convive conmigo.
Supongo que sigo siendo racional a pesar de todo.
Debe haber poca gente consciente de cuándo reciben esas feromonas, a través del órgano vomeronasal. Lo descubrí con 20 años. Era extraño que nadie me entendiera cuando intentaba explicar la sensación, y busqué información cuando aún no existía Internet. No fue fácil, pero entendí porqué relaciono el olfato con sexo.

Por una parte es gratificante ser consciente de ello, y sentir ese subidón irracional, con raciocinio. Aunque no puedo evitar volver la nariz hacia algunos hombres, cuando los tengo a un par de metros, e imaginar uno de esos encuentros fugaces. A veces los sigo un pequeño tramo, como una hormiga siguiendo un rastro, mientras me recreo en mis propias fantasías...

...

Este delirio ha sido creado para la iniciativa de @divagacionistas  diciembre 2016 #relatosOlores

domingo, 6 de noviembre de 2016

Maleza

Lo creáis o no, todo continuaba como si nada. A su alrededor, nadie se percataba de lo que iba ocurriendo. Por qué sólo él, Roger Atkinson, podía ver esa Maleza oscura que parecía ceñirse a los edificios, a los parques, a la ciudad, pero sobre todo a las personas, era algo a lo que nunca encontró explicación. Ni él, ni el único con quien compartió el secreto de su extraña acompañante. Por todos los lugares que pasaba. En los que vivió largo tiempo se ceñía aún más, pero nunca se quedó lo suficiente para ver el final, nunca quiso llegar al desenlace. Pasó así la mayor parte de los años de su vida adulta, errante, solo, con miedo al extraño reguero que podría dejar a su paso por cada población.

Suponía haber salvado miles de vidas, aunque la realidad era que había evitado las muertes, y quería seguir haciéndolo, pero estaba muy cansado. No quería seguir vagando por el extenso, aunque precioso, mundo que había conocido. Necesitaba una larga pausa, pero tenía miedo. Miedo de dejar caer todo en un letargo oscuro del que no podría sacar a nadie y no podía, no debía, pedir ayuda. Sería condenar a una muerte segura a un inocente. O eso suponía. Porque La Maleza nunca dejaba de seguirle, asfixiante, y no dejaría que un soplo de aire fresco, un amor veraniego, le diera ese respiro sin consecuencias fatales. No para él, eso no le hubiera importado, es más, hubiera sido poner fin a ese vagar sin rumbo y al cansancio, pero sus valores morales le impedían poner en peligro a los demás, por lo que se prohibió a si mismo enamorarse, hacía mucho tiempo.

No podía negar que a punto estuvo una vez, que sintió encogerse su estómago al tener cerca a aquella hermosa chica, Claire, al oír su voz, oler su piel, saborear sus labios. Pero tampoco podía olvidar su mirada apagada, desesperada y enfermiza cuando, al ver como La Maleza la invadía, se despidió para siempre, dejándola en aquel hospital de pueblo, sin comprender que, sólo con marcharse, estaba evitando su muerte. Ni los médicos, ni mucho menos ella, sabrían por qué enfermó ni de qué. Saldría del hospital sin entender nada, dolorida física y sentimentalmente, pero sana y viva. Eso era lo único que importaba. La estaba empezando a amar cuando se vio obligado a abandonarla para, suponía, liberarla de aquel mal.
Nunca más volvió a dejarse invadir por ese sentimiento, nunca más volvió a dejarse llevar por la pasión y jamás volvió a pasar más de tres meses en la misma ciudad, evitando así el riesgo de hacer amistades y entablar cualquier tipo de relación social.

Años antes, cuando vio por primera vez crecer La Maleza a su alrededor, consultó a un buen amigo de la infancia al que apenas veía un par de meses al año. Éste había estudiado biología en una importante universidad y se había especializado en virus y pandemias. Aunque al principio lo que le recomendó fue un psiquiatra, pudo comprobar, en carne propia, el efecto que empezaba a producir La Maleza al cabo de pocas semanas de contacto directo con su viejo amigo. Sin encontrar aún una explicación coherente, tomó muestras de su sangre y se encerró en su laboratorio, en la Capital, para poder investigar sin sufrir los efectos del contacto. Sin duda, era algo desconocido, un caso único.
Pocos meses después una noticia conmocionaría a Roger desde el otro lado del mundo: Un laboratorio había sido el punto de mira del grupo extremista Reconciliación del Orden Ecológico (ROE) y lo habían hecho explotar, consiguiendo que se perdieran resultados de estudios y ensayos, según ellos, poco éticos. Murieron todos los trabajadores, entre ellos su amigo. Sabía que era culpa de la Maleza, pero no podían decir eso en la tv pública porque no tenían la más remota idea de cómo explicar que la explosión fue provocada por Seguridad Nacional debido a no sabían qué.

Nunca más intentó conocer más a su allegada Maleza. Él la tenía consigo, la portaba, le acompañaba, pero nunca la sufrió. Sólo se extendía a su alrededor y consumía. Así como abandonaba los lugares, ella lo seguía, abandonando todo y a todos.

Pero ahora, tantos lustros sin echar raíces, sin amigos, sin amor, sentía que su envejecido, antes de tiempo, cuerpo perdía las ganas de seguir adelante. Quizá La Maleza también estaba envejeciendo y tiraba de él, como lastre, queriendo parar y establecerse definitivamente. Había visto cómo los años no pasaban en balde y podía pasar más tiempo en cada ciudad sin las consecuencias tan temidas, quizá La Maleza también perdía fuerzas y puede que le dejara descansar unos años. Tener una vida sedentaria. Formar parte de una comunidad.
Y lo hizo, paró.

Se estableció en una pequeña ciudad situada en mitad de la nada. Buscó, de nuevo, un trabajo, esta vez más estable. Necesitaba quedarse, relajar su alma tensa e intranquila.
El nuevo empleo lo mantenía ocupado la mayor parte de la noche. Lo prefería, tenía contacto con menos personas que en un trabajo con horario diurno. Dormía toda la mañana y dedicaba las tardes a pasear, por los parques menos concurridos, y limpiar su apartamento.
Pudo mantenerse sin apenas contacto humano gracias a su repentina antipatía. Fue lo mejor que se le ocurrió, ser apático y poco sociable. Pero en toda ciudad siempre hay una anciana llena de amabilidad que consigue ganar una sonrisa al más ceñudo y él necesitaba esa amabilidad. Aunque se resistió a aceptarla no tuvo más remedio que ceder. Era un ser humano casi común, sus emociones le invadían más a menudo de lo que le hubiera gustado, como a cualquiera, excepto que él había aprendido a evitar relacionarse con el resto de seres vivos.
Pasó un año, La Maleza crecía, pero a un ritmo cada vez más lento. Envejecía, como él.
Falleció su amable vecina, era muy mayor, pero La Maleza ayudó a acelerar el proceso natural. Quizá alimentándose de un cuerpo, ya de por sí, consumido ayudara a que también se consumiera.

El día siguiente al entierro de su amable vecina, despertó sin sobresaltos. Ni un solo ruido entraba por su ventana abierta de par en par. Se asomó. Los pájaros se habían ido, no ladraba ningún perro, ni cerca ni lejos. Los gatos habían desaparecido, la noche última ya no se escuchó el maullar lastimero del celo nocturno y, a pesar de ser verano, tampoco se oyó el canto monótono de los grillos. Ni un coche, ni un alma.

Desayunó, en la cafetería habitual de los últimos meses, café del día anterior, frío, ni se molestó en calentarlo. Dió un paseo por la Avenida Comercial, hasta hace poco hirviendo en bullicio. Vacía.
Había llegado hasta el final. Seguía solo, con La Maleza, como siempre había estado, prácticamente, desde que abandonó a Claire en aquel hospital rural. Pero ya no tendría que huir más. Todo había terminado. Ahora sólo tenía una cosa más que hacer antes de pararse, por fin, a descansar:
Debía incinerar a los muertos.

sábado, 15 de octubre de 2016

He vuelto para quedarme

No podía ser posible. ¿Cómo pudo ocurrir que, después de tantos años evitándola, volviéramos a encontrarnos?.
Ella había vuelto, desconocida pero con el mismo dominio sobre mi. La misma mirada que hacía temblar mis piernas y acelerar mi corazón. El mismo olor, entre acre y dulzón, que tanto me hacía desearla y aborrecerla a partes iguales. Sentí miedo.
Todo era distinto, sí, pero nada había cambiado.
Nuestras vidas se separaron hace mucho tiempo, cuando ingresé en aquel hospital por una jaqueca perpetua. El juez me mantuvo meses como incapacitada y después una cirugía que casi me envía al otro barrio. Creo que me quitaron algo defectuoso de la cabeza porque el pelo nunca volvió a crecerme en una larga línea de oreja a oreja.

Al reencontrarme con ella sentí que había perdido algo en el camino. Estaba derrotada, hundida, aterrada ante la idea de estar frente a frente de nuevo y tener que volver a ese hospital.

No quise salir de casa, pero daba igual, supo donde encontrarme. Fui al baño, llené la bañera con agua casi hirviendo, dejé caer toda mi ropa bajo el lavabo, me sumergí y esperé. No se cuánto tiempo pasé así pero al abrir los ojos, aún dentro del agua, vi sus manos extendidas, acariciando mi cuerpo. Recorrí con la mirada el suyo, también desnudo. Creo que perdí el sentido pero seguí mirándola, en lo que creí un delirio.
Cuando recuperé la conciencia de mi misma salí de la bañera y sequé mi pelo mojado. Levanté los ojos y me miró fijamente, desde el espejo. Entonces lo supe. Había venido a quedarse para siempre y no pude decir que no a esa parte, que tanto odiaba y necesitaba a la vez, de mi más oscura y retorcida naturaleza.
Sé que a partir de hoy volveré a oler y sentir la sangre de alguien escurrirse entre mis dedos, y, mientras, observaré sonriente cómo dejará de palpitar su corazón.