No podía ser posible. ¿Cómo pudo ocurrir que, después de tantos años evitándola, volviéramos a encontrarnos?.
Ella había vuelto, desconocida pero con el mismo dominio sobre mi. La misma mirada que hacía temblar mis piernas y acelerar mi corazón. El mismo olor, entre acre y dulzón, que tanto me hacía desearla y aborrecerla a partes iguales. Sentí miedo.
Todo era distinto, sí, pero nada había cambiado.
Nuestras vidas se separaron hace mucho tiempo, cuando ingresé en aquel hospital por una jaqueca perpetua. El juez me mantuvo meses como incapacitada y después una cirugía que casi me envía al otro barrio. Creo que me quitaron algo defectuoso de la cabeza porque el pelo nunca volvió a crecerme en una larga línea de oreja a oreja.
Al reencontrarme con ella sentí que había perdido algo en el camino. Estaba derrotada, hundida, aterrada ante la idea de estar frente a frente de nuevo y tener que volver a ese hospital.
No quise salir de casa, pero daba igual, supo donde encontrarme. Fui al baño, llené la bañera con agua casi hirviendo, dejé caer toda mi ropa bajo el lavabo, me sumergí y esperé. No se cuánto tiempo pasé así pero al abrir los ojos, aún dentro del agua, vi sus manos extendidas, acariciando mi cuerpo. Recorrí con la mirada el suyo, también desnudo. Creo que perdí el sentido pero seguí mirándola, en lo que creí un delirio.
Cuando recuperé la conciencia de mi misma salí de la bañera y sequé mi pelo mojado. Levanté los ojos y me miró fijamente, desde el espejo. Entonces lo supe. Había venido a quedarse para siempre y no pude decir que no a esa parte, que tanto odiaba y necesitaba a la vez, de mi más oscura y retorcida naturaleza.
Sé que a partir de hoy volveré a oler y sentir la sangre de alguien escurrirse entre mis dedos, y, mientras, observaré sonriente cómo dejará de palpitar su corazón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario