domingo, 6 de noviembre de 2016

Maleza

Lo creáis o no, todo continuaba como si nada. A su alrededor, nadie se percataba de lo que iba ocurriendo. Por qué sólo él, Roger Atkinson, podía ver esa Maleza oscura que parecía ceñirse a los edificios, a los parques, a la ciudad, pero sobre todo a las personas, era algo a lo que nunca encontró explicación. Ni él, ni el único con quien compartió el secreto de su extraña acompañante. Por todos los lugares que pasaba. En los que vivió largo tiempo se ceñía aún más, pero nunca se quedó lo suficiente para ver el final, nunca quiso llegar al desenlace. Pasó así la mayor parte de los años de su vida adulta, errante, solo, con miedo al extraño reguero que podría dejar a su paso por cada población.

Suponía haber salvado miles de vidas, aunque la realidad era que había evitado las muertes, y quería seguir haciéndolo, pero estaba muy cansado. No quería seguir vagando por el extenso, aunque precioso, mundo que había conocido. Necesitaba una larga pausa, pero tenía miedo. Miedo de dejar caer todo en un letargo oscuro del que no podría sacar a nadie y no podía, no debía, pedir ayuda. Sería condenar a una muerte segura a un inocente. O eso suponía. Porque La Maleza nunca dejaba de seguirle, asfixiante, y no dejaría que un soplo de aire fresco, un amor veraniego, le diera ese respiro sin consecuencias fatales. No para él, eso no le hubiera importado, es más, hubiera sido poner fin a ese vagar sin rumbo y al cansancio, pero sus valores morales le impedían poner en peligro a los demás, por lo que se prohibió a si mismo enamorarse, hacía mucho tiempo.

No podía negar que a punto estuvo una vez, que sintió encogerse su estómago al tener cerca a aquella hermosa chica, Claire, al oír su voz, oler su piel, saborear sus labios. Pero tampoco podía olvidar su mirada apagada, desesperada y enfermiza cuando, al ver como La Maleza la invadía, se despidió para siempre, dejándola en aquel hospital de pueblo, sin comprender que, sólo con marcharse, estaba evitando su muerte. Ni los médicos, ni mucho menos ella, sabrían por qué enfermó ni de qué. Saldría del hospital sin entender nada, dolorida física y sentimentalmente, pero sana y viva. Eso era lo único que importaba. La estaba empezando a amar cuando se vio obligado a abandonarla para, suponía, liberarla de aquel mal.
Nunca más volvió a dejarse invadir por ese sentimiento, nunca más volvió a dejarse llevar por la pasión y jamás volvió a pasar más de tres meses en la misma ciudad, evitando así el riesgo de hacer amistades y entablar cualquier tipo de relación social.

Años antes, cuando vio por primera vez crecer La Maleza a su alrededor, consultó a un buen amigo de la infancia al que apenas veía un par de meses al año. Éste había estudiado biología en una importante universidad y se había especializado en virus y pandemias. Aunque al principio lo que le recomendó fue un psiquiatra, pudo comprobar, en carne propia, el efecto que empezaba a producir La Maleza al cabo de pocas semanas de contacto directo con su viejo amigo. Sin encontrar aún una explicación coherente, tomó muestras de su sangre y se encerró en su laboratorio, en la Capital, para poder investigar sin sufrir los efectos del contacto. Sin duda, era algo desconocido, un caso único.
Pocos meses después una noticia conmocionaría a Roger desde el otro lado del mundo: Un laboratorio había sido el punto de mira del grupo extremista Reconciliación del Orden Ecológico (ROE) y lo habían hecho explotar, consiguiendo que se perdieran resultados de estudios y ensayos, según ellos, poco éticos. Murieron todos los trabajadores, entre ellos su amigo. Sabía que era culpa de la Maleza, pero no podían decir eso en la tv pública porque no tenían la más remota idea de cómo explicar que la explosión fue provocada por Seguridad Nacional debido a no sabían qué.

Nunca más intentó conocer más a su allegada Maleza. Él la tenía consigo, la portaba, le acompañaba, pero nunca la sufrió. Sólo se extendía a su alrededor y consumía. Así como abandonaba los lugares, ella lo seguía, abandonando todo y a todos.

Pero ahora, tantos lustros sin echar raíces, sin amigos, sin amor, sentía que su envejecido, antes de tiempo, cuerpo perdía las ganas de seguir adelante. Quizá La Maleza también estaba envejeciendo y tiraba de él, como lastre, queriendo parar y establecerse definitivamente. Había visto cómo los años no pasaban en balde y podía pasar más tiempo en cada ciudad sin las consecuencias tan temidas, quizá La Maleza también perdía fuerzas y puede que le dejara descansar unos años. Tener una vida sedentaria. Formar parte de una comunidad.
Y lo hizo, paró.

Se estableció en una pequeña ciudad situada en mitad de la nada. Buscó, de nuevo, un trabajo, esta vez más estable. Necesitaba quedarse, relajar su alma tensa e intranquila.
El nuevo empleo lo mantenía ocupado la mayor parte de la noche. Lo prefería, tenía contacto con menos personas que en un trabajo con horario diurno. Dormía toda la mañana y dedicaba las tardes a pasear, por los parques menos concurridos, y limpiar su apartamento.
Pudo mantenerse sin apenas contacto humano gracias a su repentina antipatía. Fue lo mejor que se le ocurrió, ser apático y poco sociable. Pero en toda ciudad siempre hay una anciana llena de amabilidad que consigue ganar una sonrisa al más ceñudo y él necesitaba esa amabilidad. Aunque se resistió a aceptarla no tuvo más remedio que ceder. Era un ser humano casi común, sus emociones le invadían más a menudo de lo que le hubiera gustado, como a cualquiera, excepto que él había aprendido a evitar relacionarse con el resto de seres vivos.
Pasó un año, La Maleza crecía, pero a un ritmo cada vez más lento. Envejecía, como él.
Falleció su amable vecina, era muy mayor, pero La Maleza ayudó a acelerar el proceso natural. Quizá alimentándose de un cuerpo, ya de por sí, consumido ayudara a que también se consumiera.

El día siguiente al entierro de su amable vecina, despertó sin sobresaltos. Ni un solo ruido entraba por su ventana abierta de par en par. Se asomó. Los pájaros se habían ido, no ladraba ningún perro, ni cerca ni lejos. Los gatos habían desaparecido, la noche última ya no se escuchó el maullar lastimero del celo nocturno y, a pesar de ser verano, tampoco se oyó el canto monótono de los grillos. Ni un coche, ni un alma.

Desayunó, en la cafetería habitual de los últimos meses, café del día anterior, frío, ni se molestó en calentarlo. Dió un paseo por la Avenida Comercial, hasta hace poco hirviendo en bullicio. Vacía.
Había llegado hasta el final. Seguía solo, con La Maleza, como siempre había estado, prácticamente, desde que abandonó a Claire en aquel hospital rural. Pero ya no tendría que huir más. Todo había terminado. Ahora sólo tenía una cosa más que hacer antes de pararse, por fin, a descansar:
Debía incinerar a los muertos.

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